Juan Loyando un Húsar Mexicano

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Juan Loyando un Húsar Mexicano

Mensaje por Juan Loyando el Mar Mayo 08, 2018 9:43 pm

Este es un relato respecto a uno de los Comandantes del Regimiento de Húsares de los Supremos Poderes, la única unidad de Húsares que existió en la Historia del Mexico Independiente.

Pero, camaradas, les contaré cómo estuvo la historia:

 Aún no rayaba el día y los clarines nos sobresaltaron con el alegre sonido de la Diana. Digo sobresaltaron porque muchos de nuestros hombres no habían siquiera dormido, ya fuera por la ansiedad que les causaba la seguridad del próximo combate o porque el hambre, sumado a la falta de rancho, no les había permitido caer en los brazos de Morfeo.

 Salí de mi tienda y aun medio dormido caminé entre el helado y frío clima de la madrugada del desierto que se abría entre San Luis Potosí y el desierto de Saltillo. Anduve durante algunos minutos hasta que me topé con la tienda de mi entrañable amigo, el Comandante de Escuadrón del Regimiento de Húsares de la Guardia de los Supremos Poderes, Juan Loyando, a quien encontré aun vistiéndose y el cual me saludó efusivamente, preguntándome que tal había pasado la noche. Era él alto, ya que casi alcanzaba los 6 pies ingleses, una estatura aproximadamente igual a la mía. A decir de los ayudantes, lo único que nos diferenciaba es que él tenía el pelo castaño y el mío era negro; de ahí en fuera éramos casi idénticos, pues teníamos la piel un tono moreno claro, aunque un poco tostado luego de las 2 semanas de marchar por el desierto de San Luis. Pero estos pensamientos fueron interrumpidos por la llegada de 2 presidiales, con quienes nos tomamos unos tragos de aguardiente y enseguida nos dispusimos a trabajar.

 Nos Alejamos entonces del Parque General y al voltear hacia las cumbres que frente a nosotros de levantaban, pude divisar algunas luces de fogata, señal inequívoca que los americanos se hallaban en alerta ante cualquier eventualidad de nuestra parte. Nos dirigimos hacia la tienda del mi General Santa Anna y éste nos recibió con alegría, recordándonos que aquel debía ser un gran día para la Patria.

 -"Yo le prometo, mi General Presidente, traerle una bandera americana para que la ponga en su colección en Palacio"- dijo Juan con orgullo y a lo que mi General contestó con su estertórea voz -"Ya lo creo, ¿no Torres?"- dirigido hacia mí, que fue tomado a modo de despedida pues entró mi general Don Antonio Carona seguido de su Estado Mayor para discutir con el Presidente los lugares donde se emplazaría nuestra artillería en vista de la batalla.

 Después nos fuimos hacia donde se hallaban estacionadas nuestras filas y hacer los conteos, nos reportamos listos para el combate, al igual que el resto del ejército. En ese entonces yo tenía a mi mando uno de los dos escuadrones con que contaba el desaparecido Regimiento Auxiliar de las Villas del Norte, y del que a pesar de mi edad era Coronel. Se nos formó en el ala izquierda de la línea de batalla del Ejército Mexicano que entró en acción el día 23 de febrero de 1847 en el Puerto de La Angostura, sobre el camino carretero al Saltillo.

 La batalla empezó después de las seis campanadas. La Brigada Ligera de mi General Pedro Ampudia comenzó a desalojar a los americanos que se hallaban al pie del cerro que habían ganado nuestros cuerpos ligeros el día anterior. Al mismo tiempo, en el centro, 2 columnas formadas por 2 divisiones se lanzaron sobre las posiciones más fuertes del centro de los norteamericanos. Por la izquierda, en el camino, avanzaba la columna de mi General Don Manuel María Lombardini, por la derecha la de mi General Don Ángel Guzmán, y en el centro una columna de reserva de mi padrino, el General Don Anastasio Parrodi.

 Juan y yo no veíamos el momento en que se nos ordenara atacar a los yanquis, pues nuestros dragones y bridones veían la batalla en toda la línea y nos desesperábamos de estar inmóviles, perdiéndonos toda la diversión que seguramente estarían aprovechando nuestros infantes.

 Entonces llegó un ayudante de Santa Anna hasta donde estaba mi General Anastasio Torrejón, el mejor comandante de caballería de toda la República. LA orden era rodear el cerro de nuestra izquierda y, en el momento que la infantería rompiera momentáneamente la línea invasora, meter una cuña de caballería, por donde se pudiera abrir camino hasta la Hacienda de Buena Vista, donde el enemigo tenía su Parque General.

 Así pues, nos lanzamos al trote con el nerviosismo de que los cañones enemigos nos destrozaran antes de poder siquiera completar la parte pasiva de nuestra misión. Pero llegamos sanos al punto donde se nos había ordenado esperar y nos mantuvimos inmóviles algunos minutos, hasta que vimos como 2 pelotones de 3er. Ligero llegaban en medio de los tiros hasta los cañones enemigos y desalojaban a bayonetazos a los sirvientes de las piezas, llevándose dos de ellas a toda carera hacia nuestro campo, donde fueron recibidas con entusiasmo.

 En ese momento toda la línea enemiga flaqueó un instante y mi General Torrejón, hábil como el viento, tomó en sus manos la bandera de la caballería de Tamaulipas y como un guión soberbio nos gritó sable en mano: ¡¡Síganme!!, y nos lanzamos a toda brida hacia las líneas enemigas, a las que llegamos lanza en ristre y desbaratamos a filo de sable, que enrojecimos de sangre enemiga hasta la empuñadura.

 Al mismo tiempo, el escuadrón de húsares de Juan, cargó con tal brío que el Regimiento de Rifleros de Mississippi, que llegaba para rechazarnos, fue envuelto por los jinetes mexicanos y comenzó la masacre; reconocí a los americanos por sus largos rifles, sus galones y su bandera con su estrella alba en campo azul y su árbol sobre fondo blanco, que ya había visto en Monterrey el año pasado.

 Enseguida me llamó la atención que Juan derribara de su caballo a un riflero, golpeándolo con el fuste de su lanza. El americano cayó entonces de rodillas, lloriqueando lastimeramente para que Loyando no lo atravesara de parte a parte. Juan debió reflejarse en aquel rostro, quizá el de un hombre católico con esposa e hijos, puesto que vi como el yanqui sacaba de entre sus ropas un rosario, y el comandante cabalgó delante de él, tratando de alcanzar su escuadrón, que se había adelantado en persecución de los otros dragones americanos. Sin embargo, una detonación me hizo volver el rostro hacia donde segundos antes estaban mi amigo y el americano. La escena me dejó en choque, el riflero había soltado el rosario y ahora empuñaba su arma aun humeante, sin duda acababa de disparar. Delante de él, Juan cayó lentamente de su caballo, herido a traición, por la espalda, como el precio a pagar por respetar una vida enemiga.

 Entonces una rabia de apoderó de mí. La furia y cólera más fuertes que el ser humano ha de sentir hicieron que, ciego de ira, picara espuelas hacia donde el yanqui se encontraba aun arrodillado. Al sentirme cerca, volteó por donde yo me acercaba e intentó levantarse para recibirme con la bayoneta. Pero fui mas rápido y lo atravecé sin piedad con mi lanza, rompiéndola de la fuerza con que la llevaba sujeta a mi coraza, teniendo entonces que tirar de la espada para acuchillar a los demás americanos que se amotinaron a mi alrededor, tratando de vengar a su traidor compinche. Llegó entonces un piquete del Fijo de México, bajo las órdenes de mi difunto compadre Don VIcente Oroños, el cual desalojó a los americanos de mis cercanías.

 Cuando se tranquilizó la situación y entre la lluvia de balas de la batalla me acerqué, con lágrimas en los ojos, al cuerpo inerte de mi espigado compañero. Al desmontar me di cuenta de por qué le había disparado el yanqui: Juan llevaba en sus manos la bandera del Regimiento de Rifleros, la que había levantado del campo como trofeo. Posiblemente estaría pensando cómo presentarse frente a mi General Santa Anna cuando regresáramos al campamento y le entregara la bandera capturada, momento que el americano aprovechó para tomar su rifle y dispararle como un cobarde, por la espalda.

 Subí, con ayuda de don infantes, el cuerpo de Juan a mi caballo y tomé luego su lanza y la bandera americana y tras enviar un mensaje a Mayor Joaquín Gamboa de que se hiciera cargo de mi escuadrón, volví espuelas y regresé a toda brida a campo amigo.

 Al llegar, Santa Anna miró un tiempo, con ojos tristes, el cuerpo de Juan sin preguntar de quién se trataba, pues ambos sabíamos que era el Comandante Loyado. Sin embargo, quedó pasmado cuando dejé caer ante él la bandera capturada de los Rifleros de Mississippi redondeándole, antes de volver a la batalla, una frase que jamás olvidaré...


-"Mi General Presidente, Juan prometió traerle una bandera americana. Señor, aquí la tiene usted..."-

Bandera de Caballería Mexicana de la Época.



Bandera con la Descripción del Regimiento de Rifleros de Mississippi.



Uniforme del Regimiento de Húsares de los Supremos Poderes.
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Juan Loyando
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